La situación de la mujer víctima de violaciones a lo largo de la historia abarca un gran espectro, en el sentido de que éstas han sido sufridas sin importar la étnia, el lugar, la edad, el pensamiento o la conciencia de la mujer víctima directa, ni de las colaterales.
En el año 2008, a través de la Resolución 1820 aprobada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, se establecen las violaciones como un arma de guerra y/o destrucción masiva. Hagamos un pequeño viaje a través del tiempo para ejemplificar esta actividad atroz pero real, a lo largo del conocido planeta Tierra.
En muchas guerras las mujeres se convierten en objetivo para castigar a la comunidad enemiga. Las guerras en Bosnia y Ruanda pusieron de manifiesto la realidad de las violaciones sistemáticas en tiempos bélicos, en el pasado, en el presente y confirmada cada vez en más países.
En el cuerpo de la mujer se escenifica el odio hacia el enemigo y las ansias de su destrucción: la violación puede ser pública, en presencia de sus familiares; por otro lado, a veces padres y familiares son obligados y forzados a violar a sus hijas y seres queridos. Mujeres, menores, (ocasionalmente hombres)… son las víctimas principalmente escogidas para la despreciable práctica de la violación. Todo en un intento de anularles como personas y de perpetuar la victoria sobre la comunidad “contraria”, cargando a sus mujeres con los hijos de sus enemigos, incluso en algunos casos, forzándolas a casarse con sus verdugos para poder sobrevivir.
Situándonos en lo más antiguo de la historia contada por las religiones cristiana y judía (incluso por la musulmana), en el Antiguo Testamento, por ejemplo, podemos encontrar y leer historias de violaciones a mujeres a manos de las tribus conquistadoras. Lo cuál nos ejemplifica de alguna manera que este comportamiento se repite durante las guerras cualquiera que sea el contexto religioso, temporal o conceptual.
Desde otras civilizaciones como la griega, en su época antigua caracterizada por la mitología, podemos resaltar anécdotas como la de Helena de Troya (o Helena de Esparta). En ella se cuenta la historia de Helena, quien era famosa por su belleza desde que era niña. Un día fue raptada por el héroe ateniense Teseo, en compañía de su amigo Pirítoo. Tras capturarla echaron a suertes a la doncella, correspondiéndole a Teseo. Cuando éste quiso llevarla a la ciudad de Atenas, se encontró con la negativa de la población respecto a su entrada. Tras una serie de circunstancias, Helena fue rescatada por los Dioscuros, dos famosos héroes hijos de Zeus, quienes a su vez tomaron como prisioneras a la madre de Teseo y a la hermana de Pirítoo, conduciéndose hasta Esparta para hacerlas esclavas de Helena.
Se trata, en definitiva, de un testimonio más de las consecuencias de la conquista masculina.
Más allá de leyendas y de historias poco contrastadas, volvamos a sumergirnos en los escalofriantes datos que se han obtenido después de analizar y reconocerse las incontables violaciones producidas en nuestro mundo puramente real.
En Afganistán e Irak las informaciones sobre violaciones a mujeres por parte de soldados estadounidenses parecen ser limitadas. Posiblemente la verdadera historia de la violación de estas guerras no saldrá a la luz hasta mucho después de que termine la ocupación de EE.UU. en dichos países, como suele ocurrir en la mayoría de los casos.
Nunca se tendrán cifras ciertas sobre estos hechos, el sentimiento de vergüenza de las víctimas mayoritariamente las mantendrá en silencio, además de que a estas violaciones, en numerosos casos, les sigue el asesinato. Se estima que por cada denuncia se han producido cien casos no denunciados.
En la guerra de la antigua Yugoslavia, la comisión Warburton calculó el número de víctimas de violaciones en 20.000 personas, mientras algunas ONGs elevaban esta cifra a 50.000. El portavoz de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, Tadeusz Mozoviecki y el informe elaborado por la comisión Bassiouni, presentado en mayo de 1994, coincidieron en afirmar el carácter sistemático de las violaciones durante las guerras yugoslavas.
Durante la guerra de Vietnam, Susan Brownmiller, feminista, activista y periodista americana, así como escritora de libros como “Against Our Will: Men, Women and Rape” (Contra Nuestra Voluntad: Hombres, Mujeres y Violación); acusó a los soldados norteamericanos de violar a mujeres vietnamitas. Pero no ha sido hasta muy recientemente que se ha confirmado la dimensión de las atrocidades cometidas por las fuerzas estadounidenses en Vietnam, muy superior por cierto a la sospechada. Informaciones aparecidas en el Toledo Blade (19 de octubre de 2003) y en Los Angeles Times (6 de agosto de 2006) mencionan más de trescientas barbaries (incluidas violaciones) que acabaron siendo confirmadas por investigadores del ejército, y eso sin incluir el más notorio de los crímenes de guerra estadounidenses, la masacre de My Lai en 1968 durante la guerra en el mismo país.
Los conflictos en la República Democrática del Congo y en Darfur, como otros previos en Ruanda o en Bosnia-Herzegovina, Myanmar y Somalia, estuvieron y están salpicados de un sinnúmero de violaciones confirmadas.
El uso de la violación como instrumento de guerra pudo también comprobarse en conflictos recientes en Bangladesh, Camboya, Costa de Marfil, Chipre, Timor Oriental, Haití, Liberia, Perú y Uganda.
La violación es quizá la invasión más traumática que una persona pueda cometer sobre otra. Violar y ser violada/o presenta una serie de traumas físicos y psicológicos para ambas partes, aunque obviamente las auténticas víctimas son quienes las sufren y no quienes las realizan. La violación no es erótica, no es sensual, no es placentera. Es violencia y terror, expresados con sexo y poder.
Un caso particularmente oscuro de la acción humana tuvo lugar en la República Democrática del Congo (RDC). De acuerdo con un informe de la ONU, un soldado en la provincia septentrional de Kivi supuestamente violó y luego macheteó hasta la muerte a una mujer Hutu y a su bebé de tres meses. Un comunicado de prensa de la ONU dice que la violación resultaba emblemática de "las violaciones cometidas por la policía nacional congoleña y por grupos rebeldes armados, que incluían el asesinato y la violación de aldeanos y la extorsión y el robo a civiles". Yakin Ertürk, la relatora especial de la Organización de las Naciones Unidas en materia de violencia contra las mujeres, denunció la violencia sexual en la RDC como la peor que había visto en su vida.
De acuerdo con la ONU, se registraron 27.000 asaltos sexuales en 2006 en la provincia del sur de Kivi, y se cree que esto es sólo una fracción del número total de casos de violación en el país. "La violencia sexual en el Congo es la peor del mundo", dijo John Colmes, el subsecretario de la ONU para asuntos humanitarios. "El volumen de las cifras, la indiscriminada brutalidad, la cultura de la impunidad... son sobrecogedores".
Otros observadores occidentales se muestran igualmente apabullados por lo que aparenta ser un nivel sin precedentes de violencia sexual. Malteser International, una agencia de cooperación de la Orden Soberana de Malta que trabaja en el Congo oriental, informa de que en una aldea, Shabunda, el 70% de las mujeres admiten haber sido sometidas a violencia sexual.
Entre los perpetradores de violencia sexual en este país se hallan las tropas del gobierno congoleño, estimadas como criminales de la peor especie. Se incluyen también en esa categoría los llamados Rastas, grupos paramilitares que aterrorizan las zonas rurales secuestrando y violando mujeres, quemando bebés y masacrando a quienquiera les desafíe. El grueso de ellos procede de las antiguas milicias Hutu que se refugiaron en Ruanda después de las guerras genocidas de 1994 y sobrevivieron en el corazón de la selva. Están además, las milicias locales llamadas Mai-Mai, que apelan a una mitología militar más arcaica.
Por último, citaré el caso de la región de Darfur en Sudán occidental, lugar de terror sistemático desde 2003. De acuerdo con Amnistía Internacional, "en esos ataques se mata a los hombres, se viola a las mujeres y los aldeanos son dispersados tras el incendio de sus hogares; sus cosechas y su ganado, medios principales de su subsistencia, son también quemados o saqueados".
Se estima que, hasta la fecha, en Darfur, unos 2,5 millones de personas han sido desplazadas, más de 400.000 han muerto y un sinnúmero de mujeres y niñas han sido violadas o sexualmente aterrorizadas. Un informe de 2007 de Refugees International descubrió que "la violación de mujeres en Darfur no es esporádica o aleatoria, sino que está inexorablemente vinculada con la destrucción sistemática de sus comunidades". Sostiene que los milicianos janjawid, sostenidos por el gobierno, los “jinetes armados” o “milicia árabe", practican la violación como arma de limpieza étnica.
La Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), es el tratado más comprehensivo de los derechos humanos de las mujeres y se orienta hacia el adelanto de la condición de la mujer en el mundo. Fue adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 1979 y es, en esencia, el decreto internacional de los derechos de la mujer.
Desde aquí, valiéndonos de esta Convención y de otras Leyes y Tratados en materia de igualdad, de justicia social y de equidad, trabajando siempre con el enfoque de Derechos Humanos y de género como elementos transversales, apoyándonos en la educación continua de nuestra sociedad sobre una cultura de paz, potenciando el respeto a la diversidad religiosa, étnica, cultural, de conciencia, afectivo–sexual… así como contando toda la historia, podremos hacer visibles y enfrentarnos a estas atrocidades que son sufridas por personas cada día; a fin de reducir al máximo las realidades que han sido objeto de estudio en el presente ensayo, así como otros conflictos violentos que vulneran las vidas de gentes de muchos rincones del mundo.
Termino con dos hipótesis recogidas durante las clases de esta asignatura:
- El paso de una guerra o de un régimen brutal hacia la democracia determina un legado de violencia en el estado y en la población.
- La pena y la amargura pueden aliviarse al establecer la verdad de lo ocurrido durante un periodo histórico; es una de las mejores formas para detener las injusticias, esto es, visibilizar la verdad y ser conscientes de nuestra historia para aprender de lo ocurrido, así como por la necesidad de dignidad de las víctimas y personas afectadas.
Como diría Audre Geraldine Lorde, “soy mujer, soy negra, soy lesbiana, ¿cuál de las tres cosas acabará conmigo?”.
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